Mi almohada sin tus manos
el mar sin marea, sin luna.

"Las palabras jamás regresan, siempre se nombran para despedirlas."

Hoy no vienen las palabras
se fueron de viaje
tal vez buscándote
me dejaron aquí
desde donde no escribo
donde no estoy
porque me fui contigo.

Mientras tú no estás amarro mi estómago con hilos de fuego
y fumo de tu ausencia
y con las bocanadas largas intento calmar las ansias.

En el aire dibujo tu rostro con mis dedos
y siento el corazón un tanto hundido
como un niño que se pierde en las praderas del mundo
mientras observa como se entregan sus globos al olvido.

Mientras tú no estás, yo estoy aquí
vigilando tu impermanencia
sintiendo la más mínima vibración de tu recuerdo
con los oídos abiertos al eco de tu voz
que esté donde esté
nunca será ruido.

Virtualidad textual

Hay sabores agrios, como el del café frío o el de la cerveza caliente, como el de la mentira.
Algo así.

horas sin sombra
claro aliento de tu sueño
eres inmensidad.

Conocer a una persona es como abrir una puerta jamas abierta, lo hacemos con incertidumbre, curiosidad y riesgo. Esperamos pacientes lo que se nos va a descubrir, no sólo a los ojos, sino también al corazón, sobre todo al corazón. Nos vestimos con aire y sueños, para transitar en las venas del tiempo, en el rojo profundo de los días y los suspiros. Aguardamos también ansiosos los abrazos de fuego que se pueden dar, y recibir el aliento líquido que se provoca en los cuellos hundidos y espesos que dan cobijo, y en los labios que se van conociendo para nunca terminar de hacerlo, para ampliar los surcos de la tierra-piel y enterrar los besos debajo de la arena, ahí, donde nos hacemos mar y luego lluvia; y así, hasta donde acabé el pulso de la vida y la energía de los tiempos.

En las horas de las absurdas llamadas,
las que te hacen de noche sin esperarlas,
en las horas de las deshoras,
de esos momentos híbridos de la vigilia obligada,
cuando tres silencios y un nombre te hacen temblar,
se te hunde el estómago,
y los dedos no alcanzan para enredar la calma,
para asirla, y se resbala, con líquida gracia,
y vienen cansadas las canciones del alma,
intentando sofocar el desasosiego,
estirando los ojos en la penumbra,
probando los nuevos amargos y algunas mieles.
En las horas de la calma vienen las llamadas,
en las llamadas se deslizan las palabras descompuestas,
podridas desde él que las pronuncia,
de esos olores a muerte.

Caro da la vérmibus

Le soplaba el viento de muerte en la nuca, tirones desde la tumba que le llegaban al corazón. De su aliento formaba volutas que giraban en el resplandor de la mirada. La tierra lo reclamaba.
La muerte le llamaba por su nombre y él le contestaba mientras la miraba de frente, con la barbilla en alto.
Así en la tarde de un martes amarillo, como todos los martes, cayó en el piso del baño mientras se duchaba, gritó sin ser escuchado, gritó en silencio, y ahí, tumbado quedó, sepultado con el nombre de ella en los labios, porque ella lleva el nombre de la muerte.

No sé qué tienen los brazos del infierno, pero siempre te veo muy cerca de ellos. La frente se te torna lenta, con tus ojos clavados en el desierto, con pupilas sórdidas y un hocico bien abierto.
Se te escurre el deseo entre los dientes, jadeante…
Con las piernas llanas y prestas, haciendo un cuello interno titilante y complaciente.
No sé qué tiene tu cuerpo y recuerdo, mis pequeños infiernos que viven en los pulmones del cielo.